miércoles, 27 de agosto de 2008

César Urueta Alcántara, Hombre de Teatro

Para un hombre de teatro que, como César Urueta Alcántara, ha representado más de docientas obras teatrales, que ha dirigido más de ciento ochenta, que ha participado y promovido tres mil funciones de difusión, recorriendo nuestro Perú, que ha formado y aún forma parte de la televisión, a la que llegó desde sus inicios, así como a los del renacimiento del cine peruano; para un hombre de teatro, reconocido como maestro de varias generaciones de actores y directores, la distinción de la comuna limeña a otorgársele en este acto, convertido en una de las ceremonias centrales que, con motivo del Día Mundial del Teatro, se realizan todos los años, más que un reconocimiento a su persona, de por sí ya galardonada por el tiempo y la significación histórica de su obra, reafirma la sensibilidad de quienes con tanto acierto han acordado este homenaje.

Nacido en Casagrande, en época de persecuciones políticas, quedó finalmente registrado como limeño luego de la huida de sus padres que , por los días iniciales de Enero en que fue hecha, rememora la célebre de Egipto. Alumno de Luis Álvarez en sus años de estudiante secundario, la década del cincuenta lo vio también como aprendiz de actor en la Escuela Nacional de Arte Escénico, la inolvidable ENAE de Guillermo Ugarte Chamorro, donde compartimos aulas y sueños de iniciación profesional. En el Bartolomé Herrera realizó por entonces notable labor formativa teatral y llevó al elenco de esa Gran Unidad Escolar al Campeonato Interescolar que organizaba el diario Última Hora con la conducción de César Chávarri Neyra; como tal intervino en las emisiones que el naciente Canal 4 hacía de las obras de los finalistas de estos eventos, Dichosos años en los que a la TV peruana aún no le parecían malas palabras cultura y educación.

Ya en los años sesenta colaboró con Guillermo Ugarte Chamorro como profesor y director del Teatro Universitario de San Marcos y se integró al elenco de Histrión, teatro de arte. Son muchos los montajes que compartimos en nuestra institución. Recuerdo que me correspondió dirigirlo en el primer desnudo del teatro peruano, como personaje central de la obra Savonarola, de Michel Souffrant, y podría hacer larga y puntual enumeración de sus excelentes composiciones como actor, pero resaltaré por su trascendencia en la historia del teatro peruano su interpretación de un loco erotómano en Marat Sade, de Peter Weiss. Posteriormente nos ha brindado una compleja antología de su arte al lado de las principales figuras de la escena nacional.

Como maestro y promotor organizó el teatro de la Universidad Federico Villarreal, donde habilitó el auditorio Ollanta. Como funcionario ha sido Director Nacional y Director Ejecutivo del Instituto Nacional de Cultura y Director de Cultura, Educación, Deportes y Turismo del Municipio de Lima.

Son tantas las facetas profesionales de César Urtueta como hombre del teatro y de la cultura que la más breve síntesis excedería el tiempo aquí dispuesto para su presentación pero, como hermanos en el arte y en la vida que somos, yo puedo afirmar que la vida de César Urueta es sobre todo el ejercicio de una profunda conciencia gremial, conciencia que lo ha llevado a ser un permanente militante en la lucha por las reivindicaciones laborales de los artistas del espectáculo en el Perú, en Latinoamérica y el Mundo. Reelegido cuatro períodos consecutivos por méritos indiscutibles como Secretario General del Sindicato de Artistas e Intérpretes del Perú (SAIP), Secretario General del Bloque Latinoamericano de Actores (BLADA) y miembro del Buró de la Federación Internacional de Actores (FIA) es actual Secretario General de la Federación Nacional de Trabajadores Artistas del Espectáculo (FENTAEP) y Organizador y Presidente de la Asociación Nacional de Artistas e Intérpretes del Espectáculo (ANAEI) promotora que permitirá que en el país se reconozcan por fin los derechos de autoría de los actores sobre sus creaciones y se les pague por toda repetición que vaya más allá de las que dispone el contrato que originó su creación. En esta misma línea, César Urueta es uno de los constantes inspiradores y promotores de la Ley del Artista, anhelado instrumento legal que en sucesivas legislaturas se ha venido posponiendo. A pesar de estas continuas decepciones, al ver frustrado su esfuerzo y el de sus colaboradores, César continúa bregando con la esperanza de que nuestro inoperante parlamento nacional alguna vez se dé cuenta que el arte es una actividad laboral como cualquier otra y que el trabajador artista requiere también de leyes que reconozcan sus derechos.

En el Perú, no es extraño encontrar personas que le propongan todavía a un actor o cantante o bailarín hacer una función gratuita, situación que me parece, el único profesional que la comparte con nosotros es el médico, al que también se le solicitan consultas gratis. Todavía es misérrima la partida destinada al pago por función teatral que dan las pocas instituciones que mantienen actividades artísticas permanentes. Es verdad que hay grupos y actores a los que se les paga bastante bien y que, por su reconocida calidad, pueden organizar espectáculos para la Bienal de Lima, la CONFIEP, o para el Gobierno Central, pero estas agrupaciones constituyen la onerosa excepción que muchas veces impide la regla. ¿Acaso no se repite con esta práctica la misma figura del mercado laboral donde la mayoría gana miserias y hay unos cuantos gerentes y altos ejecutivos que ganan en un mes los que muchos no alcanzarían a ganar juntos en un año?. Es arduo luchar por este tipo de reivindicaciones, acostumbrados como estamos a ver en el artista un ser que nos brinda diversión y al que los pasquines convierten en carne de cañón para satisfacer su necesidad de escándalo para circular. Este cuestionable ejercicio irrestricto, no de la noble y sólida libertad de prensa, sino del libertinaje del libelo que atenta contra la dignidad de la persona y del ciudadano debe ser sancionado. No es cierto que cada cual elige de lo que hay en plaza lo que quiere, pues hoy la cultura del titular ha convertido a nuestros puestos de expendio de diarios y revistas en un hacinamiento de basura al lado de saludables proposiciones y este desconcierto no da pie a elección sino que provoca confusión. Pues bien, una Ley del Artista también es necesaria por estas razones, para premunir al ciudadano artista de instrumentos con los cuales poder plantear ante los tribunales el respeto a su vida íntima. Y en esta línea de lucha, nada fácil, en este camino empedrado ha transcurrido la vida de César Urueta con fidelidad ejemplar, por suerte sin tener que huir, como en los azarosos días iniciales de su existencia.

Por eso cuando lo vean sobre el escenario, en la televisión o en el cine, desplegar el fuerte temperamento que distingue su estilo, la riqueza compositiva de su personaje y el sabio manejo del decir teatral, cuando lo escuchen hablar con la experiencia de los años honestamente vividos, sobre la ética el artista y sus derechos, no escuchen o vean en él únicamente al efímero intéprete digno de aplauso o al maestro al que siempre habrá que agradecer; sepan sencillamente que están apreciando una figura más del complejo caleidoscopio que es la vida de este hombre de teatro conciente de su profesión, que continúa en amplio gesto de sembrador enseñando a las nuevas generaciones la dignidad del arte teatral.

Tal lo que mis ojos y mi cariño ven, y que hoy testimonio para vuestros ojos y vuestro cariño, en la limpia trayectoria de César Urueta Alcántara.

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